miércoles, 1 de abril de 2009

Nulla ethica sine esthetica

“Nulla ethica sine esthetica” leí por casualidad este fin de semana grabado en piedra en la fachada lateral de un edificio al pasear por la plaza de Oriente. Y yo digo también “nulla esthetica sine ethica”, porque una y otra, en su plenitud, son la misma cosa.

Lo bueno y lo bello y lo justo, tanto monta. Aún mantengo en mi cabeza cosas raras como la definición de Dante sobre la justicia para quien ésta no era sino una proporción real y personal del hombre hacia el hombre, que si sirve a éste, sirve a las sociedad y, si le corrompe, la corrompe (ius est realis et personalis hominis ad hominem proportio, quae servata hominum, servat societatem, et corrumpta, corrumpit, o algo así).

Y mucho se acerca Dante, sin saberlo, a las tésis de nuestros gobernantes actuales, “ilustrados radicales” para quienes urge, parafraseando a su filósofo y “salvador” Slavoj Zizek, una nueva ética. Como si ésta pudiera modificarse a voluntad (aunque, ya puestos, para ellos el individuo es aquello que quiera ser, da igual lo que fuere – incluso ser hombre o mujer, por supuesto. El individuo –dicen- está alienado exclusivamente por su cultura).

Si el concepto de Ley Natural se hace poco cordial en aras de la unicidad de pensamiento, entonces, elijamos los derechos del hombre recogidos tras la segunda gran guerra como principios inmutables. Y el derecho a la vida el primero de todos.

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